lunes, 21 de mayo de 2012

LA INSURRECCION DE JOSE LEONARDO CHIRINOS (1795)


En el proceso de formación desarrollado por la UTIEB-San Agustín, consideramos importante y conveniente la lectura sobre temas que apoyan y ayudan a comprender nuestros procesos históricos. Razón por la cual recomendamos a los docentes la siguiente lectura:

 
La insurrección de José Leonardo Chirino (1795)

Gladys Ortega Dávila


El movimiento insurreccional del zambo José Leonardo Chirinos en Curimagua, pueblo de la serranía de Coro, constituye una de las primeras manifestaciones importantes de la crisis en la sociedad colonial venezolana del siglo XVIII. En la región de Coro no existía un clima de de violencia social superior al de otras partes de Venezuela, al contrario podría decirse que el régimen de explotación que sufrían los esclavos del área, era bastante benévolo comparado con las plantaciones del centro de Venezuela. No obstante será la Sierra de Coro el escenario de la rebelión.

En la jurisdicción de Coro habitaban 3.261 esclavos negros, de ellos 960 en la ciudad propiamente dicha[1]. Existía además una comunidad de once mil negros libres y pardos; muchos de estos negros libres formaban un grupo aparte, con barrios propios; éstos eran los llamados negros “loango”, la mayoría fugitivos de Curazao. Asimismo, junto a los grupos indicados anteriormente, formaban parte del cuerpo social los indios*, divididos en los en dos grupos: los libres o exentos de tributos (descendientes de los caquetíos) y los tributarios o “demorados” (descendientes de los Jiraharas y Ayaguas). Para completar el cuadro social, agregaremos que el grupo blanco –dentro de él los propietarios de tierras, esclavos y dinero– representaba la minoría étnico-social, aproximadamente diez por ciento del conjunto en total.
   
Como bien los señala Marianela Ponce, a diferencia de la población aborigen para la cal fue menester crear un nuevo derecho, la esclavitud ya tenía un estatuto legal en Europa antes de crecer en Hispanoamérica[2]. Bajo las directrices del derecho castellano y los preceptos establecidos en la legislación de Indias, funcionó en Hispanoamérica la legislación para la esclavitud. Estas normas se hallan recogidas en la Nueva Recopilación de las Leyes de Castilla, publicada en 1567 bajo el reinado de Felipe II y en el Código de las Siete Partidas, elaborado por Alfonso X El Sabio entre los años 1250 y 1263[3]. Estas leyes (que, a su vez, toman lo sustancial del derecho romano), son las que se aplican en Hispanoamérica hasta el fin del dominio español a comienzo del siglo XIX. A medida que se fue aumentando el número de esclavos, la realidad local impuso las características peculiares de cada esclavitud, con diferentes matices.

Es por ello que, además de estos ordenamientos, existían gran cantidad de disposiciones reales para la esclavitud, representadas en Reales Cédulas, Reales Ordenes, Reales Provisiones, Pragmáticas, etc., dirigidas a resolver problemas concretos del esclavo hispanoamericano. De éstas, la última disposición real sobre la esclavitud que llega a América antes del amotinamiento de José Leonardo Chirino y que pareciera haber creado gran expectativa entre los esclavos, fue la Real Cédula del 31 de mayo de 1789[4].

Orígenes de la Insurrección

Distintas causas –de diferentes órdenes– dieron origen a este movimiento. La variable condición social en que se encontraban los negros y los aborígenes, representa un motivo de importancia, pues todos los negros aspiraban a ser libres y todos los indígenas a ser exentos. Así estaban las situaciones cuando llegó la noticia, en la cual el Rey de España había acordado la libertad de los esclavos. La cédula que esto ordenaba había llegado a Venezuela, pero las autoridades reales y especialmente el Cabildo de Caracas se oponían a darle cumplimiento, por ser atentatoria a los derechos de los propietarios. Para 1790 ésta era una verdad, aceptada por los negros de la serranía, pues un hechicero llamado Cocofió se había encargado de propagarla por todas las haciendas. Se decía incluso que José Caridad González, un negro que tuvo la oportunidad de ir a la Península y logró conseguir con el Monarca títulos de propiedad para los negros loangos de las tierras de Macuquita, había visto en España la referida cédula. Dentro de este esquema, el Rey aparecía como un “Santo” dispensador de bondades, y la autoridad y los amos, como unos seres despreciables. Así se fue encendiendo el rencor, sembrándose el germen de la rebeldía. 

Esta vez tenían cierta razón los negros por sus sospechas. Se trataba en verdad del llamado Código Negro, el que, si bien no tenía el alcance que le daban los esclavos, pues en lo absoluto se refería a la concesión de la libertad, se establecía un régimen de mayor consideración para ellos.

Para el tiempo en que se propagaban los rumores, llegó a Coro como recaudador de los Derechos Reales, Juan Manuel Iturbe, quien puso todo su empeño en cobrar formalmente las contribuciones. Los aborígenes demorados debían pagar sus tributos –según el recaudador Iturbe– en dinero efectivo; el derecho de alcabala debía extenderse a todas las transacciones, por pequeñas que ellas fueran. A las mujeres  –afirma Arcaya[5]– les embargaban en garantía de los impuestos sus rosarios, zarcillos y hasta pañuelos con que cubrían la cabeza.  Estos hechos perjudicaban principalmente a los esclavos y labradores libres de la Sierra, los cuales no disimulaban su descontento.

Otra causa fue el inicio de la Revolución Francesa, de la cual llegaban noticias. A Coro llegaban a través de La Guaira y Curazao. Durante el transcurso de la guerra franco-española aparecerían con frecuencia los corsarios franceses en las cercanías del puerto de La Vela. Los terratenientes corianos, quienes vivían gran parte del año en sus haciendas, comentaban los sucesos de dicha Revolución.

Uno de ellos, Don José Tellería, tenía como huésped en su hacienda de Curimagua al mejicano José Nicolás Martínez, que había llegado a Coro en 1794. Este Martínez era un hombre ilustrado, como también Tellería, y en sus tertulias, entre otras cosas, hablaban de los acontecimientos de Francia, del derrumbamiento del antiguo orden social, de la proclamación de la República y la igualdad para todos, del ajusticiamiento del Rey y de la guerra con España; además preveían que el triunfo de los franceses podría traer como consecuencia un desembarco de los corsarios de esta nacionalidad para apoderarse de Coro.

Estas conversaciones las escuchaban los criados y los esclavos quienes las comentaban entre los suyos. Todas estas cosas llegaban a conocimiento de un negro libre de nombre José Leonardo Chirino, quien además las escuchaba directamente pues vivía en la casa de Don José de Tellería, señor a quien servía. Él era hijo de un esclavo de Don Cristóbal Chirino –de donde venía su apellido– y de una india libre – caquetía– llamada Cándida Rosa.

José Leonardo Chirino había acompañado a Don José Tellería en sus viajes de negocios a Curazao y Haití, donde había observado cómo vivían los negros de esta última isla, los cuales se habían sublevado, para hacer valer sus derechos y abolir la esclavitud. ¿Por qué no hacer lo mismo con los negros de la Sierra? Los Viajes, las conversaciones y la inteligencia de este zambo le permitieron cultivarse y adquirir cierto prestigio entre los trabajadores de la Sierra coriana, pues además, era un negro que había vivido experiencias distintas y enriquecedoras, que el resto de sus iguales. La agitación en que se encontraban los esclavos en esos momentos hacía la ocasión propicia.
  
Los acontecimientos

A finales de marzo de 1795,  José Leonardo Chirino empezó a tramar la conspiración con otros dos negros llamados Cristóbal Acosta y Juan Bernardo Chiquito. En el mes de abril, de regreso de un viaje a Coro, informó a sus compañeros que se había puesto de acuerdo con José Caridad González[6], quien acababa de llegar de Caracas, y le había ofrecido su apoyo, el de sus amigos, extranjeros que andaban por la costa y de los negros loangos que él comandaba. Según informaba Chirino, el plan de José Caridad era tomar a Coro, invadir Puerto Cabello y luego atacar a Maracaibo, contando con la ayuda de los corsarios franceses. Luego, quedó demostrado que nada de eso era cierto, pero Chirino supo utilizar el nombre de José Caridad González –negro de gran prestigio entre la gente de su raza– levantándolo como bandera.

Ciertamente, en meses anteriores a la insurrección, se escuchaban rumores que parecen haber llegado desde la Sierra hacia la población negra de Coro, tal como cita Lucas Guillermo Castillo Lara:
“las especies que más le llamaron la atención, decía Jacot, fue lo que le refirió el Cura Párroco, Pbro. Pedro Pérez: antes del levantamiento se hacían unos bailes o zambas en las que cantaban unos versitos muy deshonestos y se bailaba mil obscenidades; me acuerdo de una que dice: mas vale negro con placa, que caveza de blanco: candela arriba, candela abajo saca la muchacha, corta la cabeza, come los zamuros, beva la aguardiente”[7]

Y otro vecino llamado Nicolás Coronado le mencionó a Jacot otros versos, que también se cantaban en los expresados bailes “Candela abajo, candela arriba, muera lo blanco, lo negro viva…”. De ser cierto estos dos testimonios, nos conduce a pensar que los negros corianos se burlaban de las autoridades y de la aristocracia de Coro, al bailar y tocar al son de los tambores y en sus propias narices pronosticar el alzamiento, aparentemente de acuerdo con los futuros alzados. Esto se expresa en todo el contenido de las coplas, además planeaban con anticipación la insurrección y la expansión de las ideas de libertad, desde la Sierra hasta Coro “candela arriba, candela abajo”.

Así llegó el domingo 10 de mayo de 1795, con el objeto de no despertar sospechas los conjurados, bajo la jefatura de José Leonardo Chirino organizaron un baile en el trapiche de la hacienda de Macanillas, Sierra de Coro; el mismo día en la noche se trasladaron a la Hacienda “El Socorro”,  donde dieron el grito de rebelión. Con los ánimos exaltados, empezaron a poner en práctica sus planes en la propia hacienda. Asaltaron la casa y mataron al mejicano José Nicolás Martínez, quien fue la primera víctima; también resultó gravemente herido Ildefonso Tellería. Después de saquear la casa, pasaron a la Hacienda Varón, donde mataron a José María Manzanos e hirieron a machetazos a Doña Nicolasa Acosta. Luego incendiaron las casas de las Haciendas La Magdalena y sabana redonda. De aquí, ya en la madrugada, regresaron a El Socorro, donde había establecido su cuartel general.

Los blancos huían temerosos a esconderse en los montes; uno de ellos, el joven Manuel Urbina, logró escapar y llevó la noticia a la ciudad.

En la mañana del once, José Leonardo Chirino designó comisiones y una de ellas salió a levantar a los negros de Canire y el Naranjal. La que fue a la cumbre de Curimagua dio muerte a Don Pedro Tellería y a Pedro Francisco Rosillo. Con algo más de doscientos hombres –negros en su mayoría–, Juan Cristóbal, uno de los jefes subalternos de José  Leonardo, fue enviado a Coro, con la firme creencia de que esta ciudad caería fácilmente pues le habían dicho además de no existir fuerza armada, los loangos con José Caridad González a la cabeza se unirían. A media noche llegaron a la aldea de Caujarao y ultimaron a los guardias de la aduana; amanecieron allí esperando al zambo Chirino.

Mientras tanto, en la ciudad se enteraron de la proximidad de los insurrectos, la mala organización y calidad de sus armas. Los habitantes de Coro, encabezados por los principales ciudadanos blancos: el Doctor Pedro Chirino, Don Diego de Castro y Don Pedro García de Quevedo,  organizaron y armaron junto con las autoridades, una milicia que traía, además de otras armas, dos cañones pedreros. Bajo el mando del Justicia Mayor Don Mariano Ramírez Valderraín, se prepararon para el ataque; en enfrentamiento con Juan Cristóbal Acosta, murieron veinticinco negros y quedaron heridos veinticuatro. Ramírez Valderraín, alegre por su triunfo fácilmente logrado, mando a decapitar a los heridos y prisioneros.

Entre el 12 y el 13 de mayo se completó la derrota a los insurrectos, pues a la pequeña pero bien armada milicia blanca, se le agregaron las milicias de Indias, que contribuyeron a perseguir y capturar a los fugitivos de la Sierra. Cuando José Leonardo  Chirino iba a reunirse con los suyos, supo de la trágica derrota; pretendió entonces reorganizar sus fuerzas con los negros que huían pero ya no era posible. Ante la proximidad de las comisiones que subían en su búsqueda, optó por internarse en las serranías.

Es necesario mencionar que, una vez ocurridos los sucesos, la reacción inmediata de del Teniente de Justicia Mayor de Coro, Don Mariano Ramírez Valderraín, fue sofocar el motín por los medios más rápidos y expeditos –obviamente violentos-, matando de inmediato y sin previo procedimiento judicial a los primeros participantes apresados. Precisamente, por esto fue criticado, alegándose que sin conocimiento de causa, sin audiencia ni consulta, su aplicación del derecho ni la justicia, procediera a eliminar y encancelar a un conjunto de personas que supuso estaban involucradas e el tumulto.

La persecución que desató Ramírez Valderraín fue atroz[8]. José Caridad González y dos negros más, apresados al presentarse a ofrecer sus servicios, fueron muertos el mismo día cuando trataban de fugarse. En los días siguientes, todos los que cayeron prisioneros fueron ajusticiados. Treinta y cinco, apresados en San Luis, Pecaya y Pedregal, perecieron a golpe de pistola. Igual muerte corrieron otros cinco que cayeron en Paraguaná. Veinticuatro detenidos en la Sierra murieron degollados; a otros los decapitaron. Hasta tres mujeres (Polonia y Trinidad, esclavas de Doña Nicolasa Acosta y Juana Antonia, morena esclava de Don Francisco Manzano), fueron condenadas al castigo de azotes. Sus dueños debían deshacerse de ellas, en el término de dos meses, vendiéndolas fuera de la jurisdicción.

José Leonardo chirino y los que le acompañaban, fueron atrapados hacia el mes de agosto, tres meses después de la insurrección, por Juan Manuel de Aguero en el pueblo de Baragua y llevados a Coro. Como el juicio de allí se vio complicado por múltiples acusaciones que involucraban a personas como el Dr. Chirino y al finado José Caridad González en la insurrección, la Real Audiencia de Caracas tomó cartas en el asunto y José Leonardo fue trasladado a Caracas para ser juzgado.

El 10 de diciembre la 1796 la Real Audiencia de Caracas lo condenó “a muerte de horca que se ejecutará en la plaza principal de esta capital a donde será arrastrado desde la Cárcel Real y verificada su muerte, se le cortará la cabeza y las manos y se pondrá aquella en una jaula de fierro sobre un palo de veinte pies de largo en el camino que sale de esta misma ciudad para Coro y para los Valles de Aragua, y las manos serán remitidas a esa misma ciudad de Coro, donde una de ellas se clave en un palo de la propia altura, y se fige en las inmediaciones de la Aduana llamada Caujarao, y la otra en los propios términos en la altura de la Sierra donde fue muerto Don José Tellería"[9]

En la misma sentencia donde se decreta la muerte de Chirino, se toman decisiones contra otros personajes presos, fugitivos o familiares de los mismos. La sentencia ordenaba la libertad y perdón de todos los negros “loangos” que habían sido apresados; fue en cierta forma una tardía absolución a José Caridad González, asesinado sin derecho a juicio; por esto no quedó suficientemente clara su participación o no en estos sucesos.

Otro decreto importante de esta misma sentencia fue el destino de la familia de José Leonardo Chirino, siendo sus miembros sometidos a un status particular, puesto que se trata sólo de esclavos sujetos a un inventario, sino de la familia del jefe de la insurrección, a la cual había que vender fuera de la jurisdicción.

Crítica Historiográfica

El hombre no podía ir en contra del orden natural de la sociedad y la debida obediencia del Rey legítimo, ya que al hacerlo cometía pecado de impiedad, es decir, estaba alterando el orden que Dios había impuesto en la sociedad, y por lo tanto, separando a Dios de su propia obra. Cuando un vasallo subvertía el orden y sustraía la debida obediencia, no solamente iba en contra del buen orden, sino que también se estaba rebelando contra el legítimo Rey y por consiguiente contra Dios.

Se trataba, pues, y como constantemente se dice a lo largo del proceso judicial, de un delito de “lessa majestad”. De allí la anormalidad del pecado cometido por José Leonardo y sus cómplices según las versiones de las autoridades. Las implicaciones políticas y religiosas son inmensas, como era lógico en un reino en el cual la cabeza gobernante era el “Rey, nuestro señor”.

Ahora bien, siempre se ha estudiado el motín de Chirino a partir de la versión oficial dad por las autoridades de la época, siendo la fuente fundamental para hacerlo, ya que no han sido encontradas otras. En consecuencia, resta esclarecer si, en realidad, chirino llegó a cuestionar la autoridad del Rey legítimo, cosa que ponemos en duda. Evidentemente, se trata de un motín que expresa la lucha de los esclavos por su libertad y la protesta por el pago de los impuestos, lo cual no equivale a cuestionar la autoridad del Rey legítimo ni mucho menos a plantear la independencia política de su provincia.

Por supuesto que, dada su violencia y la evidente influencia de las ideas de la Revolución Francesa, vía Haití; su insurrección si llevó a una alteración del orden. La presencia de influencias exógenas conllevó a la politización de los hechos y a la magnificación de este aspecto de la sublevación por parte de las autoridades locales, en un momento en el que España era particularmente sensible a las consecuencias políticas de la Revolución Francesa y se preocupaba constantemente por evitar una posible influencia de este proceso en sus reinos del Nuevo Mundo.

Este es un elemento constantemente en la versión oficial de los sucesos y que influyó en la tipificación del delito cometido por José Leonardo Chirino, dado que pareciera ser fatalmente definitiva la pérdida del interrogatorio hecho a Chirino. Es muy difícil para el historiador interesado en el tema, acceder a la versión de los amotinados y buscar allí nuevas evidencias susceptibles de ser confrontadas con la versiones oficiales.

Estas versiones pasaron a la historiografía venezolana, como expresión de las primeras manifestaciones de los procesos pre-independentistas venezolanos. No obstante, es necesario señalar que, si bien no podemos contrastar la versión de las autoridades (según la cual José Leonardo pretendió alterar el orden y sustraerse a la debida obediencia al Rey, proclamar la “ley de los franceses” y “formar República” con la de los amotinados), no es menos cierto que las consecuencias de los sucesos desbordaron por completo a los mismos, y que la historiografía venezolana ha encontrado en ellos una de las primeras manifestaciones importantes de la crisis de la sociedad colonial.

No nos cabe duda que José Leonardo luchó y se amotinó para conseguir la libertad de los esclavos –que él no lo era-  y para protestar contra la política del cobro de impuestos implementada poco tiempo antes, la cual perjudicaba a los pobladores de la zona. No cabe duda que es uno de nuestros más importantes mártires de la lucha por la liberación de la esclavitud. Pero no tenemos la misma certeza documental para concluir que esa lucha pretendió ir más allá, que pretendió cuestionar la autoridad del Rey legítimo, que pretendió la independencia política, ni mucho menos tenemos la certeza que la aspiración de aplicar la “ley de los franceses” y “formar República” en la serranía de Coro, fuera algo más la visión de las autoridades locales.


Tomado de: Rebeliones, alzamientos y movimientos preindependentistas en Venezuela. Ediciones de la Presidencia de la República, 2001.Coordinadores: Teresa Pinto González-Mike Aguiar Fagundez


[1] Pedro Manuel Arcaya. Historia del Estado Falcón. 1953
* Nota: En la actualidad el término que debe emplearse es: indígena, para referirse a los pueblos originarios; y en vez de esclavo, esclavizados.
[2] Mariela Ponce. El ordenamiento jurídico y el ejercicio del derecho de libertad de los esclavos en la Provincia de Venezuela, p. 12.
[3] Ibidem, p. 15

[4] Este documento se encuentra reproducido por Miguel Acosta Saignes en su obra Vida de los esclavos negros en Venezuela, 1984.pp. 380-388.
[5] Ver discurso de incorporación a la Academia Nacional de la Historia del Dr. Pedro Manuel Arcaya, 1966.
[6] José Caridad González, era un negro “loango”, que llegó a convertirse en un líder de gran parte de su grupo, gracias a su inteligencia y habilidad intelectual. Hablaba el francés y además el patúa, dialecto propio de Curazao. Viajó a Caracas y otras partes de Venezuela, así como Haití y otras islas del Caribe y también a España, donde fue como “Procurador” o representante de los negros loangos para defender unas tierras. José Caridad González no se quiso involucrar en el movimiento de José Leonardo Chirino no obstante los comprometidos encabezados por Chirino afirmaban durante la revuelta que contaban con su apoyo.
[7] Lucas Guillermo Castillo Lara. Curiepe, Orígenes Históricos.1981.
[8] Manuel Vicente Magallanes. Historia Política de Venezuela. p. 120
[9] Pedro Manuel Alcaya. La insurrección de los negros en la serranía de Coro en 1795, Discurso de Incorporación, 1966.







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3 comentarios:

  1. no se dan de cuenta que a los que nos mandan a escribir esto y hacer bibliográfica se meten en esta pagina que obvio tiene que salir en mi bibliográfica el profe se va a dar de cuenta que lo resumí y no es por nada pero yo soy floja y esto lo voy a escribir por la importancia que tiene repara historia si no entonces mandaría esta pagina al ultimo carajo aya bien lejos que hp tan inconsiderados que no ven la mierda que le saca a uno con tanta porquería todo tan no jodas tan largo que mierda tan larga pa que ponen esa monda ahí.............se la cagaron intera hp malditos.

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. elimine ese de arriba porque era muy grosero

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